Cuando cambiar el 'chip' para hacer lo que uno ama, también puede ser un buen negocio

Isabel Vermal había llegado a dirigir una empresa tecnológica, cuando decidió que el camino corporativo no era lo que ella quería para sí misma. Fundó entonces Smeterling Patisserie & Boutique. Su historia.

Cuando cambiar el 'chip' para hacer lo que uno ama, también puede ser un buen negocio

A Isabel Vermal le encanta patinar. Sabe que cuando necesita un momento de inspiración, lo único que tiene que hacer es ponerse los patines y salir a andar. “Te da el viento en la cara, es desestresante”, dice.

Isabel es diseñadora industrial y ex country Manager para la Argentina y Uruguay de Kingston. También ocupó puestos en marketing de firmas de tecnología como Novell y Compaq, hasta que un día, mientras le daba el viento en la cara, pensó que le encantaba lo que hacía, pero que al no ser “un bicho tecnológico”, no le fascinaban los productos que promocionaban. Entonces, a partir de ese momento, supo que su vida de antes no iba más y que era momento de lanzar su propio emprendimiento relacionado con lo que amaba: la pastelería.

Así fue que esta mujer de 43 años dejó, hace cuatro años, el mundo de la tecnología para fundar, en el barrio porteño de Recoleta Smeterling, una patisserie de más alta calidad en la zona, que ofrece pastelería de autor realizada con materias primas de diversas partes del mundo. Además, un día, sin que ella supiera, parte del staff de El Gourmet, el canal de TV especializado en elaboración de comidas, se le apareció en el local y le ofreció tener su propio programa. Así, a partir del 2012, forma parte del staff de chefs de elgourmet.com y ofrece originales creaciones de pasteles con diseños realistas a sus clientes.

¿Cómo te animaste a dar el salto?, le preguntó Multitaskers. “No fue de un día para el otro. A pesar de mi estabilidad laboral y económica, había algo que no me convencía. A mí siempre me motivó el desafío de arrancar algo nuevo en cada paso de mi vida y en esos trabajos tenía la posibilidad de desarrollar nuevos negocios, o abrir nuevas áreas. Por ejemplo, en 2002, estaba en Compaq y, por la crisis, se devolvían las computadoras. Mi jefe me dijo: ‘Isa, tenemos 20 días para ver qué hacemos con las notebooks, si las devolvemos, perdemos el costos de importación y traslado, entre otras pérdidas.’ Entonces, se me ocurrió armar una subasta, tipo Christie’s, con las notebooks, y rematarlas. La gente se copó y terminamos sacando ganancia”.

Cambiar el ‘chip’

De todas maneras, ella sabía que esos trabajos no iban a ser para toda la vida. Entonces trataba de encontrar un cable a tierra por otro lado y fue casi por casualidad que descubrió la cocina: “Con mi hija más grande nos re divertía hacer pastelería. Jugábamos a ser Doña Petrona y Juanita. Los fines de semana nos hacíamos las que teníamos un programa de tele y mi marido nos filmaba”.

Poco a poco, supo que esos eran los productos que sí “la mataban”. En 2004, “como escape al mal ambiente que había en ese momento en la compañía”, la diseñadora industrial y experta en planes de marketing decidió estudiar pastelería profesional en la escuela del Gato Dumas, como diversión.

Pasaron cinco años, hasta que Isabel se preguntó seriamente qué era lo que quería hacer de su vida y le contó a su marido. Él, que también es un experto en marketing, le pidió un plan de negocios. Ella, ultra disciplinada, dibujó los primeros trazos de su plan, que incluía desde la apertura de un local de pastelería con productos premium hasta la posibilidad de hacer un programa de televisión sobre el rubro. Y la realidad terminó calcando con exactitud sus ideas.

Tomó la decisión de dejar el marketing y dedicarse a lo que realmente amaba. Así fue que estuvo un año haciendo los dos trabajos. “Iba a la oficina, pero también analizaba desde en qué lugar era más conveniente poner el local, hasta los distintos tipos de préstamos estatales que podía recibir siendo una emprendedora financieramente responsable”.

“Si algo realmente te gusta, lo tenés que intentar y planificar.”

Isabel tenía en claro que debía aprender mucho acerca de cómo manejar un comercio -nadie en su familia era comerciante- pero recuerda algo: “Sabía que tenía que generar estadísticas desde el día cero”. De esta manera, tal como si fuera una receta, fusionó sus conocimientos de marketing y su espíritu emprendedor con sus ganas de hacer lo que le gustaba, pero con un alto nivel de calidad. “Renuncié a mi trabajo un 30 de octubre de 2010 e inauguré el local un 10 de noviembre de 2010”, recuerda esta madre, esposa, profesional y emprendedora.

La identidad como ventaja

Según su criterio, considera que la parte fundamental de su proyecto es la generación de una identidad propia que le permitiera diferenciarte del resto y posicionarte en el mercado. “En el país no hay algo como esto y eso me llevó un montón de meses. La gente no entendía que no éramos un bar. No va a haber medialunas a la mañana, no va a haber diario, no hay Internet. Hay sólo pastelería. La gente me miraba al principio, pensaba que yo había delirado y que me iba a ir re mal”. Todos pensaban eso, menos su familia. Ella afirma que no contar con el apoyo de la familia, vuelve más difícil la tarea del emprendedor.

La llamó Smeterling, en alusión a la fonética en alemán de la palabra mariposa, y hoy, cuatro años después de la apertura, concluye en que el camino del emprendedor es arduo al comienzo, que el negocio hay que esperarlo, que hay que tener paciencia, sobre todo en los primeros tres años hasta que económicamente rinda, y que muchas veces hay que reinvertir. Pero que “si algo realmente te gusta, lo tenés que intentar y planificar”.

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